Por más cosas buenas que haya traído a mi vida, últimamente Buenos Aires estaba acabando conmigo. Mi humor cambió porque odiaba la comida, el calor y la humedad y ya no era la misma persona. Me quejaba, estaba gruñona y no pasaba un día sin que pensara que estaba en el lugar equivocado. En algún momento de mi estancia ahí vi que tenía que hacer algo al respecto: o cocinaba y me resignaba al calor del verano, o me iba de allí porque no se puede vivir tan amargada. Así que me fui.
Toda escoba nueva siempre barre bien y hay que ver después de un tiempo cómo va la cosa. Recuerdo haberme sentido muy a gusto los primeros meses en Buenos Aires y ya luego empecé a ver cómo eran las cosas en realidad. Así que dentro de un año habrá que ver cómo sigue resultando esto. Creo igual que hay lugares en los que uno naturalmente se siente más a gusto, y yo siento que aquí me siento más cómoda y es muy evidente: en tres meses en San Pablo he comprado más cosas que en dos años y medio en Buenos Aires. Me refiero a muebles y pertenencias. Eso implica necesariamente echar un poco más de raíces, pensar un poco más a largo plazo y no tener siempre sólo un par de maletas que llevar al hombro en cada trasteo. Ahora tengo una cama doble, un armario, un ventilador y una bicicleta con muchos accesorios. Estoy pensando hasta abrir huecos en la pared para colgar cuadros y cosas.
Aquí soy feliz porque aunque es verano, hay dias de frío en el medio que me recuerdan cómo era Bogotá. Y soy todavía más feliz porque no tengo que preocuparme porque me van a sevir comida fea en los restaurantes. También me feliz hace comprar ropa y saber que no se va a romper/descoser/llenar de motas a los 3 días. Y saber que si quiero comprar dólares puedo hacerlo, y que si quiero comprarme aparatos electrónicos de cualquier marca nacional o importada, es solo ir a la tienda más cercana. También me tranquiliza saber que mi almuerzo de 20 reales va a seguir costando 20 reales la semana siguiente, y probablemente los 3 meses, y hasta los 6 meses siguientes, etc. etc.
La última vez que fui a Buenos Aires me sentí como de visita, y cuando el avión aterrizó aquí sentí que llegaba a casa. Casa es donde tengo mi cama, mi trabajo y donde está mi operadora de celular. Mi vida aquí ha cambiado mucho. Yo también he cambiado y creo que me siento mejor así.
domingo, 13 de enero de 2013
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