De hace un tiempo para acá he notado rasgos ermitaños muy marcados en mi personalidad. Podría empeñarme en encontrar su origen a una edad temprana en la que me crié sin hermanos ni muchos niños a mi alrededor, y entonces desarrollé la capacidad de entretenerme sola, jugar sola, hacer planes sola, etc. Pero creo que en este caso más que hacerme, nací ermitaña.
Cuando era pequeña me regalaron un balón de baloncesto y me iba cada tarde a hacer lanzamientos en una cancha cerca a donde vivíamos. Duraba toda la tarde fuera, volvía sudada y cansada, y en ocasiones encontraba algún grupo de personas con quien jugar pero el plan era básicamente unipersonal.
Luego cuando fui adolescente no tuve un grupo de amigos en el barrio ni en el colegio como lo tiene la mayoría de gente. Y durante una breve época lo añoré, pero esa época duró poco y luego volví a mis planes unipersonales, me sumergí en la música, la televisión y la lectura desaforada de todo libro que encontrara a mi alcance. Supongo que mi madre siempre encontró tranquilizador el hecho de que yo parara en casa casi todo el día, y no tuviera que preocuparse por malas compañías ni nada relacionado.
Ya en la universidad empecé a ser un poco más 'normal', conocí a mi primer novio y la pasaba con él -de los planes unipersonales pasé a los planes bipersonales- y la universidad transcurrió así, con el gimnasio como mi nuevo pasatiempo favorito y muchísimo estudio. Nunca fui a entrenar en grupo, siempre fui sola porque me daba más libertad de ir en mis propios horarios y demorarme lo que necesitara sin estar esperando a alguien, ni haciendo que me esperaran a mi. Siempre he sido muy pragmática.
Luego cuando descubrí que era gay, empecé a tener una especie de 'adolescencia tardía', porque me llegó a los 21 o 22, en vez de a los 17 o 18. Las fiestas, el alcohol y la acumulación de gente, sin embargo, no es algo que me guste en si mismo, sino por el contrario, lo considero únicamente un medio para lograr algunas otras cosas que sí me gustan y que además necesito. No me gusta el sabor de el alcohol, no me gusta bailar -aunque he logrado disimularlo bien y moverme de forma aceptable-, no me gusta el olor a cigarrillo que se impregnan en la ropa cada vez que uno sale de fiesta y no me gusta el agotamiento que me produce estar de pie tanto tiempo en esas fiestas. Esas son todas cosas que hago cuando es estrictamente necesario.
No me gusta hablar por teléfono. Si alguien necesita hablarme prefiero que sea por algún medio escrito. Eso me permite, no solamente comunicarme mejor sino atender un mayor número de asuntos de manera simultánea ya que ninguno de ellos consume toda mi atención como sí lo hace una llamada telefónica. Además estoy permanentemente conectada, para facilitarlo.
A los after-office y a las integraciones laborales voy porque creo que es importante, pero de nuevo, no porque me guste de manera particular. Declino las que son susceptibles de ser declinadas, y me voy temprano la mayoría de las veces.
Esos rasgos por supuesto, me hacen un poco 'bicho' pero he aprendido a manejarlos para poder parecer una persona más normal. Siento una particular fascinación por sumergirme en la música y la red todo el día con hacer pausas solamente para comer, dormir e ir al baño. Los planes bipersonales siguen siendo mis favoritos y en cambio, los grupos muy grandes de personas me causan un poco de repulsión -disimulable, por supuesto-.
Hoy es un día perfecto de música y red, y escucho esta canción en sus dos versiones, ninguna mejor que la otra:
Many shades of Black, en versión original de The Raconteurs
Many shades of Black, en cover de Adele