"Sé mi saco para darte desahogarme cuando necesite hacerlo. Sé mi saco." -le decía yo. Y él se quedaba pensando y pensando...
Fue el mismo quien me llevó al gimnasio, me presentó a mi entrenador y me mostró EL SACO.
El entrenador se llamaba J, y me enseñó cómo debía y cómo no debía pegarle y gracias a él mis muñecas llegaban a casa sanas y salvas casi siempre. Los nudillos me quedaban rojos y un poco hinchados a pesar de que golpeaba con guantes, pero luego volvían a la normalidad.
Cuando lo veía a él me decía que le mostrara lo que había aprendido. Yo le pegaba un par de puños en el brazo y él ni los sentía, siempre se ha burlado de mis puños. (…) Seguramente aún lo haría.
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Ahora tengo un saco propio que me ha regalado Patu, lo instalaré en la terraza de mi casa y compraré guantes y le pegaré como en los viejos tiempos.
