Ya después decidí comprar la otra en el camino, no motivada por la prueba sino simplemente por la idea de tener una bici de montaña. En la prueba descubrí que no habría podido correr en otra que fuera esa porque un trecho grande era en la playa, otro trecho era en carretera y otro en medio de arboles y matorrales, con sitios con agua hasta la rodilla en los que había que bajarse y cargar la bicicleta. Literalmente. Tuve a bien poner de vuelta las ruedas de montaña porque con las de carretera con las que ando en la ciudad me habría quedado enterrada entre la arena y el barro. Fue muy emocionante ver el sol salir pedaleando por la playa, ver un montón de paisajes maravillosos, en fin.
La otra cosa buena de esas pruebas es que te das cuenta de que hay mucha gente apasionada que se va un fin de semana a correr una carrera de 75 kilómetros levantándose a las 4.30 de la mañana porque larga a las 6.00 am, que corre durante ocho horas seguidas y llega muerto a la línea de meta todavía sonriendo porque completaron la prueba y con un poco de suerte mejoraron su tiempo del año pasado. Mi amigo lleva 10 años corriendo y nunca paró de entrenar y a estas alturas es un monstruo. Yo tenía mucha curiosidad de ver cómo alguien conseguía correr una prueba tan larga, y si no hubiera ido con él de principio a fin, no habría podido imaginar cómo es.

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