miércoles, 22 de agosto de 2012

Amitorta

Todas las que decían que cocinar era la solución a todos mis problemas de comida en este país tenían razón.  Yo lo sabía, él lo sabía, todos lo sabíamos. Se me dijo, se me advirtió y no hice caso, pero no porque no quisiera sino porque no podía. No estaba en condiciones de cocinar por mi misma, así que tuve que pasar por todo lo que pasé hasta que por fin soy feliz en la casa de la comida deliciosa.

Lukas y yo somos como un matrimonio de muchos años. Yo lo quiero -y él parece quererme-, vivimos bajo el mismo techo, cocinamos juntos, comemos juntos, los domingos vemos películas comiéndonos medio kilo de helado arropados en su cobija, hablamos de lo que nos pasa, él se interesa por mis asuntos, yo me intereso por los suyos y por la noche nos despedimos con un beso en la mejilla y nos acostamos a dormir. Y no tenemos sexo. Exactamente como debe ser un matrimonio de gente grande.

Hablo claro, sin conocimiento de causa, basándome únicamente en lo que mi imaginación me dice que debe ser ya que no tengo muchos sujetos de observación que permanezcan en esa condición y aún así creo que ella -mi mente- es demasiado condescendiente con algunos detalles. Lo de interesarse el uno por el otro y las charlas es algo de lo que pocos matrimonios deben preciarse. Perdonarán las lectoras de este blog que  creen en esa institución llamada matrimonio, es obvio que yo no lo hago así como tampoco creo en ninguno de los demás mandamientos de la Iglesia Católica.

Descubrí que cocinar para no tener el mal humor que me caracterizó a lo largo de todos estos meses implica una serie de requisitos que por supuesto yo no tenía y que incluyen: una nevera amplia y con un congelador generoso, tuppers (recipientes herméticos) no solamente para llevar la comida al trabajo sino para conservar algunas cosas en el refrigerador, una cocina suficientemente amplia y cómoda que logre inspirarte el deseo de cocinar algo más que un huevo revuelto al desayuno, ollas y utensilios suficientes y un poco de ideas provenientes de haber visto alguna vez a alguien cercano cocinando o por lo menos en la televisión.

Lukas tiene todo eso, y ya hace unas dos semanas que no volví a comer las cosas insípidas y poco variadas que venden en los restaurantes del Microcentro, sino que llevo delicias que causan cuando menos intriga entre mis compañeros de trabajo. Ellos claro, no se creen que yo haya hecho nada de eso sino que saben que lo hizo mi nuevo compañero de casa y no paran de decir: y ese chico qué querrá a cambio! Todo menos lo que ellos están pensando, y yo claro, estoy dispuesta a darle todo menos eso. A él no le interesa eso de mi, ni a mi de él. Yo soy su 'amitorta' y él, 'mi puto bello'*.

* En Argentina se les dice tortas a las lesbianas y putos a los tipos gays.

1 comentario:

Pi dijo...

cosa buena la comida!


si te casas, te toca conseguirte una chica que cocine, requisito axiológico.

7 anhos en USA

 Casi me olvido de mencionar que hoy cumplo 7 anhos viviendo en Estados Unidos. Es el tiempo mas largo que he vivido en un solo lugar aparte...